domingo, 8 de septiembre de 2013

Hará un año, no más. . .
Había oído hablar de él, quería conocerlo. Mi padre, entonces, me lo presentó.
Al principio no encontré la diferencia que me auguraban otros. Eran breves los ratos que pasaba en su compañía. Trascurrieron algunos días y se me hizo imprescindible. No podía dejarlo. Me llevó a su mundo, me engulló casi sin darme cuenta. Pasaban las horas y no era capaz de avanzar. . . Era feliz así, quería estancarme y perderme, disfrutarlo. No quería que acabase nunca.
Pero esa no era la actitud, tenía que ir hacia adelante. Mis ansias por descubrirlo no me dejaban parar pero el miedo me invadía. Miedo del fin.
Empecé a racionármelo, pues bien se sabe que los buenos perfumes vienen en frascos pequeños. Pero esa esencia celestial tardó poco en convertirse en veneno, en adicción. Veía, pues, mediocre todo lo demás.
No podía dejar que eso ocurriera, mi hedonismo literario no se podía ver vetado por su culpa. No iba a permitirlo. De este modo tampoco permitiría que dejase de sorprenderme.
Llegué a un trato conmigo misma, cada vez que acabase con otro de su condición me regalaría un rato de su ironía, humor y elegancia. Pero ya se sabe: "Soy capaz de resistirlo todo excepto la tentación."
Mi tentación se llama Wilde, Oscar Fingal O´Flahertie Wills Wilde.